La Pernía, montana palentina

 

Nació el 19 de Marzo de 1922 en Santibañez de Resoba , donde vivió hasta los 20 años. Luego emigró a Tremaya.  

José Luis, te escribo para dar contestación a tu cariñosa carta, pero lo que me pones en ella es para hacer un historial y yo tengo muchos años y poca cabeza...ya sabes que allí sembrábamos de todo un poco, pero se cogía poco más que para volver a sembrar....esta tierra es muy pobre, no quiero ni recordar la pobreza que vivimos.

La morcilla no la he vuelto a comer tan rica como la que hacíamos nosotros de las ovejas nuestras y de nuestro cerdo.....

Sembrábamos trigo, centeno, cevada, yeros, arrico?, garbanzos, arbejas, alubias, titos, frijuoles, patatas, lo quer no sembrábamos eran chorizos, porque estos no salían, de lo otro todo salía pero daba muy poco fruto, por eso tuvimos que dejar el pueblo.

Lo que más alegría me da, cuando voy a Tremaya, es ver la escuela que la están arreglando para vivir creo que niños Al mismo tiempo nos pondrán las luces por las calles porque esto si que es para contarlo: un pueblo todavía a oscuras.

Reza por mi para que Dios no me de una enfermedad muy larga y me lleve con El cuando quiera.

Descanse en paz esta buena mujer de la Pernía, humana y trabajadora, quien llegó, como muchos de esta zona, a una edad prohibitiva.

Este es el poema que su nieto le compuso y recitó el día de su entierro.

POEMA PARA MI ABUELA

“ Ratos libres incautados
por estas líneas para mi abuela.
Ratos libres bien empeñados
escribiendo a Micaela.
Folio en blanco poco a poco
plasmando alguna que otra idea,
una de ellas date cuenta
toda la gente que te rodea.

Dura la vida que te tocó
tal vez no era la esperada.
En cuanto tu marido enfermó
mujer de armas bien tomadas.
Mujer luchadora en toda regla,
mucho trote a tus espaldas.
Vacas, ovejas por la sierra
cuantas veces arreabas.
También labrabas tú las tierras,
hoz en mano, pico en alza.
Bien llevadas estas riendas.
Bien lograda tu hazaña.

Hace poco un sobresalto,
un pequeño percance.
Interior algo cansado
al que tuviste que enfrentarte.
Voluntad y buena cara
superaste ya este trance.
Ahora en mano una cachaba
y otro paso para adelante.

Situación complicada
mi abuela futuro incierto
tal vez días, minutos
destino y rumbo firmamento.
Lagrimas nublando mi vista
mientras escribo estos versos.
Lagrimas si usadas como tinta
me daría para unos cuantos sonetos.
Lagrimas mezcladas con estas letras
emborronando mi boceto.

Sensación desconocida
puede que angustia, miedo.
Ella aun pensando en el mañana
inconsciente del momento.
Ella la única que no sabía
que ya no volvería bajo su techo.

Sus últimas palabras
descansando en lecho ajeno,
de familia rodeada
y algún que otro comentario certero.
Muchos de esperanza,
otros tantos para romper el hielo.

Encubriendo mis ojos
unas gafas de sol.
Armarme de valor
y entrar en su habitación.
¿ Pero que decirle a una abuela
qué preguntarle sabiendo que tal vez fuera
el último día que la vea ?.
¿ Como mirarle a sus ojos,
como acariciarle pensando que tal vez
su último día sea ?.

Llegó la despedida
mi llanto preso
para no asustar a la abuelita.
Desearía que todo fuera un sueño,
pero quizá sea mi último beso,
quizá ya no quede más tiempo,
quizá sea el fin de su aliento.

Pero mi abuelita volara alto
cogiendo un buen sitio en el cielo,
buscando a sus niñas y esposo,
teniendo un bonito reencuentro.
Y quizá de arriba nos sienta,
quizá de arriba nos vea
por una especie de espejo.
Ahora todos sabemos
que descansa en paz y sosiego.”

 

 

 

 

Juán González ha plasmado en este artículo lo que a todos nosotros nos hubiera gustado expresar por escrito con la misma elegancia con que lo hace él, porque ha sido una vivencia común en todos los pueblos de la Pernía. En el verano del 2001 conversé con un maestro a quien le tocó enseñar en Tremaya allá por el año 1946. Me comentaba exactamente lo mismo que leemos aquí.

Recuerdos de escuela
Juan González Ruiz
Fotos:
José L. ESTALAYO, tomadas todas ellas en la Pernía
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Os hablo aquí del tiempo en que, siendo muchachos, íbamos a la escuela; del tiempo que querríamos volviese, pero que es imposible. De las ilusiones, de las esperanzas que llevábamos en el corazón; de nuestra inocencia; de las luciérnagas, que creíamos estrellas, porque era muy pequeño nuestro mundo y estaba muy bajo nuestro cielo.

E1 escritor italiano Giovanni Mosca ponía estas palabras al comienzo de un bello y poco conocido libro escrito a mediados del siglo que ahora termina, cuyo título original, "Riccordi di Scuo1a", he querido poner al frente de estas pocas líneas evocadoras de lo que fueron las escuelas y la educación por tierras campurrianas hasta hace no más de un par de generaciones.

El tiempo filtra y dulcifica los recuerdos para que el mundo, la vida y las cosas de otrora, vistos a través de la nostalgia, nos parezcan mejor de lo que en realidad fueron. Cualquier tiempo pasado fue mejor, nos dejó dicho el poeta, y esa misma actitud vital, tan presente en las personas de cierta edad a las que la vida ha proporcionado un buen caudal de sufrimientos y experiencias dolorosas, les lleva a añorar la escuela de otros tiempos, creyéndose que era la mejor y más eficaz que nunca ha existido; desde luego mucho mejor que la de nuestros días, en la que se maleducan sus hijos o sus nietos. Y esa misma escuela en la que, para bien o para mal, a trancas y barrancas, con lloros y con alegrías, en la digna sobriedad obligada por la pobreza, construyeron la frágil armadura de su personalidad cultural y social, se convierte en la más feliz de las memorias.

No sería honesto pretender destruir esos amables recuerdos, tramados sobre un justo sentimiento de gratitud y de limitado orgullo, pero no menos legítimo ha de resultar traer a la memoria algunos datos reales y objetivos de lo que fue una escuela plagada de claroscuros, en la que las situaciones más sombrías alternaban con los destellos de unas voluntades abnegadas de celo educador.

Esta escuela, por más que perdure en la memoria, se ha esfumado sumida en la realidad actual más contundente: la educación lleva ahora otros derroteros, y aun los edificios que albergaran aquellas escuelas de otros tiempos han sufrido readaptaciones con frecuencia drásticas que los hacen irreconocibles cuando no han desaparecido sencillamente.

UN MUNDO RURAL
Estamos hablando de una escuela de otros tiempos, desde donde alcanza la memoria de las generaciones mayores, apoyada en testimonios y en documentos, hasta donde no alcanza la de nuestros hijos, inmersos en una sociedad informativamente globalizada y educados en una escuela apoyada por variadas técnicas, compleja, más rica en medios específicos de toda clase, y más abierta a todos los recursos culturales del momento.

La escuela que queremos evocar aquí corresponde a una sociedad netamente distinta de la actual que, lo mismo en Campoo que en tantas otras comarcas españolas, se caracterizaba por ser fundamentalmente rural tanto en sus modos de producción como en sus formas de vida. Una sociedad que se dedicaba básicamente a la agricultura y a la ganadería, y que residía en pequeños núcleos de población, pueblos y aldeas, con las posiciones y los cometidos sociales y profesionales (status y roles) muy definidos. El contrapunto de un limitado núcleo industrial y del desarrollo de la ciudad de Reinosa no hace sino destacar la base social, cultural y económica impregnada de ruralismo básico.

En este tiempo de nuestros recuerdos había una escuela en cada pueblo, o, lo que es lo mismo, cada pueblo tenía su escuela. Convendría subrayar esto último, que nos da a entender la tupida red de escuelitas que se extendían por doquier. En 1965 había en todo el término municipal de Valderredible 53 escuelas, la mayor parte de un solo maestro; hoy se mantiene a duras penas una sola con cuatro unidades escolares, en la cabeza del Ayuntamiento, Polientes, No había autobuses escolares: la escuela estaba cerca, aunque hubiera que andar para llegar a ella desde algunos barrios distancias habitualmente razonables en el género de vida de la época.

La escuela, por tanto, participaba de la condición rural: se trataba de una escuela pequeña, adaptada al escaso número de niños que podía proporcionar una población igualmente pequeña, a pesar de las altas tasas de natalidad de aquellos tiempos. El edificio no se diferenciaba en lo esencial de los restantes del pueblo; identificar algunos de ellos en la actualidad por su aspecto puede resultar tarea harto difícil, y sólo algunas lápidas o inscripciones, que el tiempo y la desidia van borrando, ayudan relativamente al reconocimiento. Aún así, en los casos de mayor antigüedad nada garantiza que el edificio fuera levantado en su momento para un expreso fin escolar: alguna inscripción no aporta más datos que una vaga fecha de construcción (como la que se descubre, a duras penas, en la casa que albergara la antigua escuela de Villar), y con anterioridad a los planes de construcciones escolares del segundo cuarto del siglo XX la casa-escuela, que tanto servía de aula como de vivienda del maestro, contaba con cuadra y corral como las restantes del pueblo.

El maestro o la maestra residían por lo general en el mismo, y no era infrecuente que, si bien su origen pudiera ser forastero, acabaran echando raíces, por casamiento o por mera persistencia, entre el vecindario. Los medios materiales no podían ser ajenos a los comunes del mundo rural, desde las mas primarias instalaciones (iluminación, calefacción, saneamiento) a las dotaciones didácticas mas estrictas: los libros de texto y de lectura se limitaban a emplear recursos extraídos del entorno más inmediato. Hasta los planes de estudios de la década de los años sesenta, los maestros que se formaban en las Escuelas de Magisterio habían de cursar una asignatura ciertamente significativa a este respecto: Agricultura. La escuela proporcionaba, en definitiva, lo que la sociedad rural pedía, y prácticamente nada más: leer, escribir, las cuatro reglas de cálculo, el catecismo y algo de Geografía y de Historia de España. Pocos documentos pueden retratar mejor el mundo rural de la mitad del último siglo que la famosa Enciclopedia Álvarez, ahora reeditada para curiosidad de nostálgicos.

 

UNA ESCUELA A ESCALA HUMANA
Si limitado era el edificio y escasos los medios materiales, la escuela venía a reducirse prácticamente a la dualidad maestro-alumnos. Lo importante, por no decir lo único, era la relación humana que se establecía entre el maestro que enseñaba, ordenaba, preguntaba, y los alumnos que aprendían, obedecían, respondían. Esta superioridad cultural confería a los maestros una autoridad ante el resto del pueblo, a pesar de la precariedad material en que solían vivir y que se reflejaba en el dicho tópico de pasar más hambre que un maestro de escuela. El maestro estaba ligado a su escuela y al pueblo de su destino mucho más de lo que significaba su condición de funcionario; se era maestro las veinticuatro horas del día y las vacaciones eran aprovechadas para completar un escasísimo sueldo con clases particulares a la preparación para el ingreso en el Instituto o en el Seminario. En los orígenes de la institución escolar, sin embargo, la situación de los maestros entraba dentro de la más clara indigencia: era habitual hasta mediados del siglo XIX la figura del maestro ambulante, que enseñaba de pueblo en pueblo lo poco que había aprendido tras algunos estudios religiosos inacabados a cambio de un miserable alojamiento y de un simbólico estipendio, generalmente en especie, proporcional a los resultados del aprendizaje en los desmotivados alumnos.

Puede resultar extraño que hablemos siempre de maestros, en masculino, cuando sabemos que la profesión docente está fuertemente feminizada, y que las maestras son mayoría en los niveles primarios frente a SUS compañeros del sexo opuesto. Pero esto no era así en siglos pasados, especialmente por dos motivos: por una parte el trabajo de la mujer fuera del hogar era, en general, muy poco frecuente, y, por otra, tampoco parecía existir una necesidad social de que las niñas aprendieran en la escuela algo que no fuera las tareas domésticas o los deberes de la buena esposa y madre.

Aunque siempre se ha dicho que los centros escolares deben estar en función del alumnado, sólo de las escuelas tradicionales podía decirse que estaban hechas realmente a la medida de la niñez. Pequeñas, humildes, sencillas, solían denominarse, sin otro añadido, Escuelas de Niños, o de Niñas si es que estaban diferenciadas por sexos (cosa poco frecuente en las pequeñas poblaciones rurales). Con ello no se necesitaba precisión alguna para saber de qué se trataba; ni etapas, ni niveles, ni grados: eran sencillamente escuelas.

En esta escuela el niño era el contrapunto ineludible del maestro, y por eso los recuerdos escolares de esa época son, sobre todo, recuerdos de un determinado maestro o maestra, que hacía las veces no sólo de profesor (nunca los maestros gustaron de este término. y menos aún de los de docente o enseñante), sino también de tutor y de orientador. Con él guardaba el niño una relación que duraba toda la infancia y que se mantenía todas las horas del día sin distinción de grados y materias. No existían los trámites burocráticos que hoy llamarnos escolarización, ni tampoco una edad ni un tiempo precisos para entrar en la escuela. En cualquier caso, ir por primera vez a la escuela constituía para los niños de nuestros pueblos un momento notabilísimo en sus vidas, que les proporcionaba el orgullo y la preocupación de asumir nuevas responsabilidades ante la familia y ante la totalidad de sus convecinos. Pero no eran situaciones dramáticas, ni había lloros ni angustias maternales: los camaradas y el propio maestro se encargaban de atender al neófito, haciendo buena esa acertada definición de que ser niño es darla mano a alguien.

Y otro tanto ocurría con la salida: no se buscaban títulos ni certificaciones, y los adolescentes dejaban espontáneamente de ir a la escuela cuando habían aprendido lo que sus padres consideraban suficiente y cuando eran necesarios para las tareas domésticas o agrarias.

 

TIEMPOS DE SENCILLEZ, POBREZA DE MEDIOS

Ya hemos dicho que no había otras formalidades: el tiempo en la escuela era tan natural como el de la siega, la cosecha, la vendimia o el matacío. Así que cada año, tras la Virgen de septiembre, o la Cruz, o San Mateo, cuando el otoño empezaba a apuntar sus tibios colores y las faenas agrícolas del verano habían concluido, la escuela comenzaba sus trabajos sencillamente porque maestro y alumnos se ponían tácitamente de acuerdo para encaminar sus pasos en una misma y conocida dirección y retomar la rutina diaria: cálculo, lectura, escritura, lecciones de cosas, geografía, historia de España, dibujo, catecismo, historia sagrada, trabajos manuales y, los sábados, evangelio. El jueves por la tarde no había clase, pero si el tiempo lo permitía, se daba un paseo o se jugaba al balón en una era o a la pelota sobre el muro de la iglesia: a esto quedaba reducida lo que hoy llamaríamos Educación Física.

Poco más se podía hacer. La sociedad rural no demandaba otra cosa de la escuela, porque para "estudiar" estaban los colegios de frailes o de monjas en Reinosa, el Instituto en la capital, o el Seminario, previo paso por la rectoral del Arciprestazgo. Los medios no daban mas de sí: ni la beneficencia de los posibles fundadores, ni la asignación de los Ayuntamientos o del Estado cuando llegaba, eran suficientes para adquirir más que unos cuantos libros de lectura y cuadernos, tiza y tinta, y, de tarde en tarde, algún mapa o lámina didáctica. A las familias, por su parte, les tocaba adquirir la pizarra con sus pizarrines, cuadernos, palillero y plumines, lápiz y goma de borrar, el catón o la enciclopedia del grado correspondiente (elemental, medio o superior), y el catecismo (Astete o Ripalda). Fruto de algún regalo. algunos afortunados podían llegar a poseer un plumier, una cartera o un cabás en los que guardar tan escasos útiles de trabajo.

La miseria podía empezar por el propio edificio escolar, que a veces no era sino un local público contiguo (cuando no compartido) a la sala de concejo, al herradero, a la cárcel, o a otros dedicados a cometidos poco acordes con la educación de la niñez. El inspector don José Arce Bodega describe la situación de algunas de las escuelas del partido judicial de Reinosa, en un informe que publicó el año 1849, tras la visita efectuada pocos años antes. De la de Pesquera cuenta lo que sigue: "este pueblo sostiene una escuela incompleta que regenta don Manuel Martínez Rubi, vecino de él y natural de Reinosa, con título. Carece de reglamento, de matrícula y de diario de asistencia. Y enseña Doctrina, Lectura, Escritura y las cuatro reglas de la Aritmética, sin sujeción a método alguno, y de consiguiente con imperfección. El local es la casa del Ayuntamiento, que sirve también para cárcel, ventilado y, bastante capaz, pero sin más menaje que una mesa para el maestro, dos para los niños en muy mal estado y, los bancos fijos que circundan el perímetro. Se educan en é132 niños y 10 niñas, de quienes recibe el maestro 900 reales en retribuciones, además de otros 200 que le paga el Ayuntamiento, de los fondos comunes".

Si mala nos parece esta Situación, no era ni mucho menos la peor. Como muestra la de Loma Somera: "suele tener escuela cuatro meses en invierno, pagando 16 reales a un temporero; por parte se obliga cierto número de niños a ir a la escuela y, cada uno paga mensualmente un pan, con un real si es lector, dos si escribe y dos y medio si cuenta. Además de esto es obligación del maestro enseñar la doctrina a los vecinos y habitantes adultos del pueblo; a cuyo fin, después de la cena y a toque de campana concurren a la escuela todas las noches por espacio de dos meses y, por esta enseñanza recibe el maestro medio celemín de maíz por cada vecino, lo que podrá ascender a quince o diez y seis celemines. Local, la casa de concejo, sin más menaje que una mesa donde pueden escribir cuatro niños, y los bancos fijos del perímetro".

O esta otra de Cañeda, aparentemente mejor dotada: "tiene una escuela permanente, dotada con 400 reales de fondos públicos, y 300 más que podría producir la retribución de los niños concurrentes. El local es la casa de concejo, bastante capaz pero con mal piso y escasa de luz,. Sirve para reuniones del concejo, encierro de animales y cárcel de presos cuando ocurre, su menaje se reduce a dos malas mesas, bancos para asientos y una cruz. Dirige esta escuela don Manuel Ruiz, vecino del mismo pueblo, sin título. Los niños concurren regularmente en invierno, y el maestro se encuentra algunas veces solo en la escuela lo restante del año: el día de la visita no hubo más que cuatro niños y una niña como de seis años. Previne la mejora del piso, abrir una ventana, la provisión de carteles y libros uniformes v, sobre todo, desterrar el abuso de encerrar ganados en el local de la escuela".

Pero no esperemos que la capital del partido judicial quede mejor parada: "El local es mezquino, situado en piso bajo, y la gente de la calle, asomándose a las ventanas para ver lo que pasa en la escuela, causa una continua distracción a los niños".

Y, tras dar algunas indicaciones al Ayuntamiento para la construcción de un edificio nuevo y, al maestro para mejorar su forma de enseñar, acaba con estas advertencias, de tanto interés aún en la actualidad: "Pero lo que, sobre todo, hace falta en la escuela de niños de Reinosa es un reglamento interior, a cuya observancia queden obligados los padres de los niños como los maestros; sólo así podrán éstos adoptar un sistema para el arreglo general de la escuela sin ser perturbados por el capricho de un particular; y no de otro modo conservaran el ascendiente que deben tener sobre sus discípulos, que la hinchazón de algunos caciques les hace perder con frecuencia".

 

MIRAR HACIA ATRÁS Y HACIA ADELANTE
Resulta indudable que, desde las fechas en que don José Arce Bodega escribía estos informes la situación de las escuelas campurrianas, tanto las de Reinosa como las de todos los pueblos de los valles de Campoo, fue mejorando paulatinamente. En términos globales el estado actual de la educación es mejor que el de tiempos pasados en medida incomparable: no cabe, pues, hacer un parangón utilizando las mismas dimensiones para evaluar lo que ocurría siglo y medio atrás, en un medio social, cultural y económico absolutamente distinto, y lo que ahora tenemos a nuestro alcance en un sistema educativo más definido.

Solamente podemos aventurar algunos contrastes entre ambas situaciones, señalando algunos de sus rasgos más característicos:

Tenemos ahora un sistema educativo casi absolutamente dependiente de los poderes públicos, que han asumido, a través de las distintas administraciones, el compromiso de proporcionar la educación como un servicio público a la sociedad bajo unos principios de igualdad de oportunidades, planificación, compensación de desigualdades sociales y económicas, obligatoriedad, profesionalización. participación social y mejora continua de la calidad. Tanto por estos planteamientos como por la evolución de la propia sociedad y de sus formas de vida, la educación se ha hecho más compleja, y las escuelas se han alejado física y humanamente de las poblaciones a la vez que han ampliado los mecanismos de participación social.

Por el contrario, la situación que con rasgos tan dramáticos en algunos casos describía don José Arce Bodega, y que no se alteró sustantivamente hasta la aplicación efectiva de la Ley General de Educación de 1970, se nutría de una muy baja valoración social del hecho educativo y una nula confianza en la capacidad para superar a través de la formación las posiciones sociales y económicas establecidas. La escuela tendía a reproducir, desde el momento mismo del acceso a las escasas posibilidades formativas, estas posiciones, sin otros mecanismos compensatorios que la buena voluntad de filántropos o de órdenes religiosas. La virtud de la beneficencia dio lugar a una proliferación de "Obras Pías", con dotaciones económicas para la fundación y mantenimiento de escuelas, en cuyos reglamentos podemos encontrar mandas tan pintorescas como ésta de Allen del Hoyo, otorgada en la ciudad mejicana de Durango por un indiano natural del pueblo en 1761:

En el maestro deben concurrir todas las circunstancias de ser cristiano viejo, sin mezcla de mala sangre u otra secta, honrado, de buena vida y costumbres, que sepa bien la Doctrina Cristiana .y sea perito en las demás artes de Leer, Escribir y Contar.

Por su parte, a los alumnos no se les exige sino: Rezar hincados de rodillas y en voz alta una salve a la Concepción Inmaculada de María Santísima Nuestra Señora por el feliz estado de la Santa Madre Iglesia y de la Monarquía Española, salud e incrementos espirituales, y temporales de estos Reynos de la América, especialmente de la ciudad de Durango, capital del Reyno de Nueva Vizcaya.

Por más que convenga mantener vivo el recuerdo de esta escuela, la nostalgia no debe engañarnos: esta escuela ha sido felizmente superada, y hoy ha desaparecido, por fortuna, no ya el panorama descrito por don José Arce Bodega a mediados del siglo XIX, sino también el más reciente presentado por este otro don José, el Duende de Campoo, con cuya cita concluimos en homenaje al centenario de su nacimiento. El primer capítulo del segundo tomo de las Estampas Campurrianas lleva por título 'Mi escuela de primeras letras', y contiene unas cuantos pasajes tan expresivos como éstos:

"... aquel otro vetusto caserón de planta rectangular y firma achaparrada, de cuatro vertientes en el tejado y con falta de muchas tejas, de puerta de una sola hoja, y ésta desvencijada, arrastrándose malamente sobre un quicio roñoso y desgastado, con pocas ventanas y mal distribuidas, que sirvió durante muchos años, y acaso siglos, de único centro docente a todas las personas de uno y otro sexo que, en el pueblo, aprendieron a leer mal, a escribir sin ortografía, a contar por los dedos y a recitar de corrido el catecismo del padre Astete. Y en verdad que era necesario tener ganas de estudiar y ansias de saber para abrir un libro siquiera en aquel antro, que tenía de calabozo todo lo que le faltaba para ser escuela...

...Enfrente de la puerta, sobre dos clavos de fragua hincados en la pared, una cruz de madera de buen tamaño, sin crucifijo, hecha por un maestro con aficiones de carpintero más que de gramático. Y nada más en las paredes. Ni un cuadro, ni un mapa, ni un enceradao, nada. Digo mal había también tres o cuatro pliegos de barba, pegados con engrudo, con estas sentencias en letras como morcillas: Orden, Aplicación, Respeto, Silencio. Fue ocurrencia de uno de los temporeros, que quiso poner de manifiesto sus escasas habilidades caligráficas. Así pues, había siempre lumbre a pasto, humo en abundancia y, como consecuencia lógica, ciega oscuridad, lágrimas y toses, ojos escaldados y laringes irritadas, denuestos y maldiciones por lo bajo, lecciones no sabidas o a medio aprender, voces del maestro, hipidos de los alumnos, palos y castigos".

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