La Pernía, montana palentina

 



 

Ninfa de Mier Mediavilla
Foto tomada en Noviembre de 1999. Tenía entonces 97 años.

Esta mujer ha muerto el 17 de Febrero del 2000 a los 97 años de edad. Toda su vida transcurrió en el pueblo de Tremaya. Aquí nació, aquí vió cómo la única casa que tenía, era consumida por un incendio. Experimentó los terrores de la guerra civil española y las penurias que se vivieron al terminar. Labró la tierra año tras año y vivió la angustia de todo campesino cuando la cosecha depende de los indescifrables destinos de la naturaleza. Rompió cabones, sembró, segó, hizo gavillas, transportó la paja a la era, trilló, cribó, echó la siesta y almacenó el grano. Llevó el grano al molino, amasó la arina, la metió en el horno, cocinó panes y tortas.

Hizo sopas de ajo, puchero de garbanzos, torreznos, patatas de mil maneras, chorizos, morcillas de cerdo y de oveja, ordeñó las vacas, las ovejas, fabricó queso, cocinó su propia comida, acompañó los alimentos con un baso de vino. Trabajó de sol a sol, con lluvia, con frío y calor, bajo los rayos abrasadores de mediodía, y enfrentando los rigores del invierno en la montaña. Pastoreó el ganado, trajo cargando a casa los corderos recién nacidos, cuidó gallinas, recogió los huevos, alimentó cerdos.

Unció las vacas al yugo, aró con ellas la tierra, arregló el arado, sembró patatas, centeno, trigo y cevada. Caminaba en albarcas. Se levantaba temprano y se acostaba a la hora en que se despide el sol. Caminó mucho. Subió montañas, cruzó valles y atravesó ríos. Echó de comer a los animales muchos inviernos desde el pajar, limpió las boñigas, ordeñó vacas, cabras, ovejas y burras, hizo colostros, quesos, saboreó la nata, se alimentó con toda clase de leche. Celebró el agasajo de las gijas. Cantó "esta noche son los reyes, segunda estación del año....". Cada vez que llevaba un topo muerto, le cortaban el rabo y recibía en recompensa: un vaso de vino. Bailó al son de la pandereta y asistió, con devoción a muchos entierros. Sufrió por la pérdida de un aminal y se regocijó por un año de buena cosecha.

Hoy se fue y se llevó con ella una historia de 98 años. Descanse en paz, se lo merecía. Había dejado dicho a su madre: "Cuando me muera me vistes en el suelo, pones una sábana blanca en la cama y me colocas sobre ella" .

 

El periódico "EL NORTE DE CASTILLA" , del día lunes, 14 de julio de 1997 publicó este artículo firmado por Teodoro Perez.

NINFA DE MIER MEDIAVILLA, vecina de Tremaya de 94 años

"Respirar el aire puro de La Pernía me hace olvidar pasados sacrificios"

Pasear por el pueblo, coger la leña que encuentra a su paso y charlar con otros vecinos son las actividades que ocupan la agenda de Ninfa de Mier, una abuela de Tremaya de 94 años, que se siente feliz en La Pernía. El aire que respira le hace olvidar pasados sacrificios. En Tremaya, un pueblecito de seis vecinos ubicado al lado del nacimiento del río Pisuerga, a 19 kilómetros de Cervera de Pisuerga y al norte de la provincia de Palencia, nació hace 94 años Ninfa de Mier Mediavilla.

Mujer menuda de aspecto físico, pero grande en inteligencia y memoria. Solamente tiene una hija de 72 años, lque se llama Florentina de Mier Mediavilla, que nació cuando ella tenía 22 años. Era el año de 1925, pero Ninfa nunca se casó, y luchando duramente, ella sola al principio, ya que su madre murió dos días después de dar Ninfa a luz, junto a su hija Florentina, lograron salir adelante.

Su hija Florentina dio a Ninfa 9 nietos y 11 biznietos. Ella quiere a todos mucho, pero siente un especial cariño por su nieto José Luis Estalayo de Mier, un fraile franciscano de 47 años que está en Méjico y que este invierno ha estado una temporada en Tremaya. Además de fraile, es un gran mago y un apasionado de los fenómenos paranormales.

A Ninfa de Mier no le gusta salir para nada de su pueblo Tremaya, pero hace poco viajó junto con su nieto José Luis a Bilbao a una boda de otro nieto. Al entrar en el santuario, fue ovacionada por todos sus familiares y amigos.

Un día en la vida de esta alegre abuela de La Pernía, transcurre con toda normalidad. Se levanta a las siete de la mañana, y después del aseo, se va a pasear por la carretera y a respirar aire puro, contemplando el bello paisaje de los valles de La Pernía. Según ella, ese es el secreto de su longevidad y la recompensa a sus largos años de trabajo y sacrificios.

Coger leña en el camino

Durante los paseos largos de varios kilómetros que hace Ninfa cada día, coge la leña que encuentra en el camino. Por la tarde y hasta que el sol se pone, suele ir a sentarse al lado de la iglesia, junto con otros de los pocos vecinos que quedan en el pueblo para dialogar y pasar un rato hasta que llegue la hora de cenar. Después se acuesta, muy temprano normalmente.

Mucho ha tenido que trabajar Ninfa. Primero, hasta que su hija fue mayor, y luego las dos juntas.

Aparte de atender la casa, trabajar en el campo, la ganadería, la agricultura, la leña, sirvió en una casa de Redondo, donde ganaba 5 pesetas al mes.A pesar del gran esfuerzo pasó mucha hambre.

Recuerda que cuando la guerra tenían a un lado los nacionales, que andaban por el pueblo y robaban a los vecinos, y, por el otro lado, por los montes que lindan con Cantabria, a la altura de Piedraslenguas aproximadamente, estaban los rojos. Recuerda al repicar las campanas cuando se apoderaban de poblados y de prisioneros. También veía los aviones que volaban tan bajo que cuando iban con las ovejas, éstas se espantaban y daba mucho miedo. No se escapan a sus recuerdos las bombas que caían al lado del río y junto a la Peña de Tremaya.

Muchas son las habilidades que tiene Ninfa, pero en especial destacan las que realiza con su gran memoria. Es capaz de decir todas las capitales de provincia de toda España y por orden alfabético sin confundirse y sin dejar ninguna, de la A a la Z, y viceversa. También recuerda todos los romances de la época como Don Bernardo e Isabelita, La Doncella y la Niña.

Acta de nacimiento de Ninfa de Mier

En Redondo a las tres de la tarde del día ocho de Enero de mil novecientos tres ante Don Nicolás Duque Juez municipal y Don Gregorio Duque Secretario, compareció Don Joaquín de Mier natural de Tremaya provincia de Palencia mayor de edad, casado labrador domiciliado en Tremaya con cédula personal corriente talón número______presentando, con objeto de que se inscriba en el Registro Civil, una niña; y al efecto, como padre de la misma declaró:

Que dicha niña nació en el domicilio del declarante el día dos del presente mes, a las once de la noche.

Que es hija legítima de Joaquín González natural de Tremaya provincia de Palencia de edad de veintisiete años, de profesión labrador y de su mujer Florentina Mediavilla natural de Herreruela provincia de Palencia de edad de veintiocho años,

Que es nieta por línea paterna de Gregorio de Mier natural de Tremaya provincia de Palencia y de Juana Gomez natural de Tremaya provincia de Palencia; y por la materna, de Marcos Mediavilla natural de Herreruela provincia de Palencia y de Gaspara Vielva natural de Herreruela provincia de Palencia

Y que a la expresada niña se le ________el nombre de Ninfa

Todo lo cual presenciaron como testigos Ceferino Diez y Secundino Pasbole naturales de Areños, mayores de edad.

Leida íntegramente esta Acta, e invitadas las personas que deben suscribirla a que la leyeran por sí mismas, si así lo creían conveniente, se estampó en ella el sello del Juzgado municipal, y la firmaron el Sr. Juez declarante y testigos de que certifico.

Nota: la letra itálica está escrita a mano en el original.

Pulgarcito

 

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I M P R E S I O N E S
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Ninfa

FROILÁN DE LÓZAR

Cualquiera de las deidades benéficas vinculadas a las aguas, bosques, selvas y montañas. Cualquier diccionario te lo dice. Otros te explicarán que con tal nombre se define a la joven hermosa. Y quienes nos movemos con desigual fortuna por los vericuetos literarios, añadiremos que, ninfa, en la mitología griega y romana, es la deidad femenina que personifica la fecundidad de la naturaleza.

En Redondo, a las tres de la tarde del día ocho de Enero de 1903, ante el juez municipal don Nicolás Duque y su secretario Gregorio Duque, compareció don Joaquín de Mier, natural de Tremaya, con objeto de que se reconociera y fuera inscrita en el Registro Civil una niña a la que conoceríamos para siempre por el nombre de Ninfa.

Ninfa, pequeña flor del norte, nació en el domicilio del declarante, su padre, un labrador de veintisiete años y fue su madre Florentina Mediavilla, natural de Herreruela, provincia de Palencia. Nieta por línea paterna de Gregorio de Mier y de Juana Gómez, y por la materna, de Marcos Mediavilla y Gaspara Vielba, estos últimos nacidos también en Herreruela de Castillería. De aquella fecha memorable fueron fieles testigos los vecinos de Areños Ceferino Díez y Secundido Párbole y con esta cita casi fiel del acta de Nacimiento de Ninfa de Mier, que nos dejó el 17 de Febrero de este año (2000), doy cumplida respuesta a su nieto José Luis Estalayo, fraile franciscano de 50 años que reside en Méjico y por el que Ninfa sentía predilección.

Ninfa, permíteme José Luis que se lo diga a mis lectores, tal y como tú me lo trasmites, simboliza el alma montañesa, porque Tremaya fue su cuna y en aquel pequeño rincón que mira hacia Tres Mares fue escribiendo su diario: las penurias del final de la guerra, el incendio que consumió su casa, las angustias de todo campesino que espera en jarras la cosecha. Y sé también por su boca lo que ahora me recuerdas, que hizo gavillas, rompió cabones, sembró, segó, acarreó la paja a la era; trilló, cribó y almacenó el grano para llevarlo luego al molino.

Lector amigo, que me vienes siguiendo, estoy emocionado en medio de tanto recuerdo. Quizás la montaña esté expirando lentamente, pero mereció la pena una flor en ella como Ninfa. Quizás nadie conciba para la montaña un modelo de vida que la llene de rostros como el suyo, de poderosa savia; de visitantes que de tanto venerarla vienen un día y se quedan en ella para siempre, que es lo que ahora nos hace falta.

Puede que este devaneo mío, este repiqueteo de campanas, este dalle de florituras que se van agotando a medida que se gasta la piedra que los pica, sea un golpe mal dado sobre la tierra seca. Yo creo que es un sueño que soñaron las mujeres y los hombres como la ninfa de nuestra historia, acostumbrados a los yugos y a las lluvias, quienes aún sabiendo que pocas veces llega la recompensa a su tiempo y medida, nunca dejaron de sembrar la tierra para que quienes vinieran detrás encontraran el surco que ellos dejaron y siguieran sembrando.

No podemos engañar a nadie. No debemos engañar a nadie. A veces nos viene bien un guiño para desconectar de tanto fulgor como se nos vende a diario, porque si repasamos los titulares de la prensa de los últimos meses, comprobaremos que la montaña palentina se está vaciando de ninfas que la trabajen y la mimen, y está llenándose de astutos negociantes que la engalanan sólo y únicamente con el propósito de exprimirla en beneficio propio hasta las últimas consecuencias. De este modo, la tierra, como las gallinas y los hombres que no reciben el alimento adecuado, dejará de servir como surco para las generaciones venideras y las ninfas, como la Ninfa de carne y hueso que alimentó esta historia, perderá todo atisbo de cordura y belleza. "Cuando muera -había dejado dicho- me vistes en el suelo, pones una sábana blanca en la cama y me colocas sobre ella". [IMPRESIONES]

Texcoco, 28 de noviembre del 2008

A principios del siglo XX nació en Tremaya una niña cuyo futuro se preveía incierto. De pequeña tuvo que ir a servir en los pueblos aledaños para ganarse un mendrugo de pan y poder saciar el hambre.

Ninfa, mi abuela,  era una mujer profundamente humana y sencilla.  Mujer activa, de esas decididas que alcanzan todo lo que se proponen a base del trabajo duro y constante y superando los obstáculos.  Mujer de carácter lleno de nobleza, como toda castellana, cercana, afectiva, tierna, generosa, abnegada, con voluntad firme. Mujer de elevados valores cristianos, respeto y consideración por los demás. Su naturalidad, ausencia de prejuicios y de falsas apariencias, la hizo especial.  Mujer con imaginación,  lejos de ver pasar la vida, la vivía. Mujer sencilla, sin ningún acontecimiento relevante que llamara la atención del mundo.

Dedicada a su terruño no le afectaron mayormente  los avatares de la historia que le tocó vivir.  La II República con los temas de la tierra, de los obreros, el regionalismo y el religioso sin resolver. Los tres años de la guerra civil, el período franquista.

Su pueblo, Tremaya, reflejando la inmensa belleza de  sus bosques y campos, verdes en verano, multicolores en la primavera, llenos de frutos en el otoño y de nieve en el invierno, vivía en paz.  

Tremaya  tiene su origen en los asentamiento que los benedictinos en los primeros siglos de nuestra era iban sembrando  al buscar el contacto con la  naturaleza y sus bondades.  Tuvieron que ser ellos los que dieron nombre a este pueblo que emerge entre bosques y praderas, surcado por el río Pisuerga y con casas de piedra en una de las cuales (que se quemó en dos ocasiones) nació Ninfa un 2 de enero a las 11 de la noche.

El ambiente de su familia era profundamente cristiano. Su madre, Florentina (de Herreruela) era trabajadora y caritativa. El padre, Joaquín (de Tremaya), dentro de sus escasas posibilidades, nunca negó a nadie un favor. Ambos crearon un ambiente de paz y generosidad en la casa. Lo recuerdo muy bien, aunque yo era muy pequeño, que allí siempre recibió alojamiento, acogida y comida un mendigo que dormía todos los años al calor de la trébede.

Sus abuelos paternos, Gregorio de Mier y Juana Gómez de Tremaya se casaron el 2 de agosto de 1873. Los maternos, Marcos Mediavilla y Gaspara Vielba, eran de Herreruela. Como cualquier muchacha de su edad iba al baile y al río Pisuerga a bañarse. Asistía a las fiestas de los pueblos vecinos con sus amigas y al servicio dominical en la iglesia todos los domingos. Pero por encima de todo, trabajaba.

Mi abuela ignoró que era contemporánea de Unamuno, Freud, García Lorca, Picasso, Huxley y Theilhard de Chardin.Mientras Gandhi iniciaba la marcha de la sal, mi abuela, si el tiempo se lo permitía, con una horca se iba “a bater los praos abonaos” esparciendo el abono, para que se deshiciera.  En el horno de la casa hacia panes, tortas y roscos.

José Ortega y Gasset publicaba “La rebelión de las masas” y Ninfa festejaba los zamarrones, abasnaba  los praos  con la  “basna” a la que se le ponía un peso para desmenuzar y esparcir el abono. Si entraba agua en un prao lo canalizaba y lo limpiaba de piedras y otras malezas, hojarasca, maderas, para que, a la hora de la siega no se estragara el dalle.

Cuando Fleming descubría la penicilina, Rutherford el láser, James Watson con Francis Crick el código genético y Albert Eintein  la fórmula E = mc2, mi abuela quitaba  los cardos de los trigos para hacer los haces a su tiempo sin pincharse. Sembraba el mesino que tenía el grano más pequeño pero con la ventaja que se hacía en tres meses.  Sembraba el sirvendo (centeno de ciclo corto), el tresmesino, cebada y avena.

Al mismo tiempo que Edwin Hubble demostraba la teoría del big bang, los esposos Curie descubrían la radioactividad, Karmeling Onnes la creación del microchip y la fibra óptica y Yuri Gagarin  completaba el primer vuelo espacial tripulado por humanos,  mi abuela   preparaba la tierra arándola y rompiendo los cabones para sembrar las patatas, y las sembraba,  así como  el trigo, la  cebada, garbanzos, titos y mesino.  Una vez sembradas las patatas,  las excavaba para quitar las hierbas, y si el tiempo era propicio  y los jabalíes no se las comían, en octubre procedía a su recolección.
Cuando naufragaba el Titanic,  Barnard hacía el primer trasplante de corazón y  Neil Armstrong  pisaba la luna,  ella quitaba el abono de los corrales, empezaba a segar los praos, daba la vuelta a la hierba que, una vez seca, cargaba en el carro con el horcón de 4 púas para llevarla al pajar donde la estibaba con mucho sudor y polvo, sin perder de vista a las vacas que llenas de tábanos no paraban de moverse.

Mientras Europa se debatía en la segunda guerra mundial que dejó 45 millones de muertos,  mi abuela empezaba a segar los centenos ya curados, el “trempano” y el trigo, comenzando la agotadora faena de la trilla. Después de darle vueltas toda la mañana con el trillo,  amontonaba  el sobrante con el gario para luego, con el bieldo,  aventarlo al aire  a fin de  separar la paja del  grano, actividad   que completaba ayudándose con el cribón, el ceazo y la criba. Metía el grano en costales y lo depositaba en arcas para protegerlo de los ratones. Limpiaba la era y recogía el tamo.

Mi abuela no sabía  que,  al tiempo que se fundaba la ONU, se bombardeaba  Hiroshima y Nagasaki. se asesinaba a  J. F. Kennedy,  se desembarcaba en Normandía, se hacía la revolución mexicana y Ravel componía su famoso bolero, ella estaba sacando las primeras patatas para ir comiendo y sembrando en su lugar el centeno, haciendo la leña y la hoja que en invierno alimentaría a las ovejas, transportando la hoja en el carro mocho, sin armadura,  para que no se desparramara en el camino y cociendo de nuevo el pan.

A la par que era fusilado Mussolini, se suicida Hitler, el Japón se rendía, nacía el estado de Israel, Mao-Tsé-tung proclamaba la República Popular de China, y se fabricaba la primera computadora, élla cosechaba las patatas con el arado complementado con  el accesorio de las  ensurcaderas y las clasificaba en tres montones: las grandes para comer en casa, las medianas para sembrar y las chicas para los cerdos. 

En el mes de noviembre empezaba a abonar los praos,  llevaba el “teacete” consistente en huevos y pan para que el sacerdote cantara un responso en la sepultura por sus difuntos, hacía algún charco en los praos,  alguna presa, o quitaba los  cardos. Si es que no sacaba las vacas a pacer.

Por San Martín hacía  la matanza del cerdo del cual se aprovechaba todo menos las “cazuñas”.  Un trabajo duro y tedioso pero esperanzador ya que,  en diciembre, por la Inmaculada,  se esmeraba en preparar las migas. Echaba en la caldera lomo, morcilla, chorizos, manzanas, ajos, cebollas, costillas, etc.  
Y en el resto del invierno, teniendo los animales en las cuadras porque no podían salir al campo debido a la nieve, no había descanso tampoco dándose a la tarea de echarles todos los  días de comer, llevarlos  al río a beber agua, limpiar las boñigas, hacer lumbre, calentar el puchero…        
Quizás enero era el mejor mes de la temporada para ella, y aunque no cesaba el trabajo, este disminuía un poco.     

De esta forma, mientras se mezclaba con la cuartilla, media fanega, la romana, la pala, el celemín, el bieldo, la horca, la criba, el arado, el rastro, el cedazo, la guadaña, el yugo, la yugueta, y visitaba sus praos buscando los mojones subida en unas albarcas,  a pesar de beber un buen vaso de vino en cada comida,  su vida se iba extinguiendo, hasta que, después de  recitarme  de carretilla todas las provincias de España en orden alfabético, cantarme “Estas noche son los reyes” y rezar el “Ave María”, a sus 97 años se fue con la misma naturalidad con la que había nacido.
Texcoco, 28 de noviembre del 2008

 
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