La Pernía, montana palentina

 

Isabel Pesado de Mier, mexicana, estuvo en La Pernía durante los meses de Julio y Agosto de 1870 (pleno verano). Al igual "En esos años 1870-1972, nos dice Manuel Revuelta González, había una gran efervescencia política en Europa: la guerra franco prusiana, la caída de Napoleón III, el Imperio alemán, la unificación de Italia, la caída de la Roma Pontificia, el concilio Vaticano, los excesos de la comune de París. En España el general Prim buscaba un rey para España. Nada de eso parece interesar a Isabel"  sino disfrutar del paisaje y encontrar la paz interior que consiguió con creces: "y el aire del campo, los baños fríos y el reposo me han sido provechosos".

Me he puesto a pensar cómo sería una comida en la Dehesa de Tremaya, hoy exuberante y bella, en el siglo XVIII. Estaría tan tupida de robles y avellanos, amostajos, amargosos, amajuetas, acebos,  andrinos, calambrojos como lo está ahora?.   Qué clase de alimentos consumirían?. Cómo sería la convivencia entre los asistentes?.  Cómo vestirían tanto las mujeres como los hombres?. Cómo utilizarían el tiempo de ocio, cómo sería el juego de bolos, los bailes al son de la pandereta, el juego de cartas, qué especie de truchas poblaría el río Pisuerga y en qué abundancia, cuál sería la clase de vegetación que había en las orillas del  Pisuerga y en qué abundancia, la variedad de flores y frutos,  los lugares dignos de visitar como el Castro Pintado, la utilidad de los brezos, la contemplación de las estrellas y la luna, el cultivo de los huertos, la presencia  de los  chopos, etc?.

Todavía he conocido yo, en la década de los cincuentas y sesentas, muchas de las cosas que nos describe, como la forma de construcción de las casas, la siega del centeno,  la trilla, los pajares. Arar, sembrar, levantar la cosecha, cargarla en carro, meterla en el pajar con horcones a través del boquerón. Recoger las vacas, corderos y cabras cuando regresan en la tarde.  He visto a las mujeres hilar y coser....

La lectura de estos relatos me ha hecho recorrer en el espacio  10.000 kms (que es la distancia de México donde vivo hasta  España), y en el tiempo más de 100 años. Me he sentido transportado a un lugar y una época de encantos y maravillas. Isabel, con su forma de expresarse me ha hecho vivir las cosas como si estuviera yo participando en ellas. Estoy  seguro que pasará lo mismo con cualquier lector  que lo lea con interés.

FINANZAS Y POESÍA: MÉXICO Y PALENCIA
A TRAVÉS DE LA FAMILIA MIER Y PESADO


Discurso del académico D. Manuel REVUELTA GONZALEZ.

APENDICE

EL VIAJE DE LOS DUQUES DE MIER A LA MONTANA
PALENTINA EN EL VERANO DE 1870

Fotografías: José L. ESTALAYO

 

 

SAN JUAN DE REDONDO.
1° de Julio.
A las ocho de la mañana tomamos el tren que parte de Aguilar54, en la provincia de Palencia, para ir al pueblo de San Juan de Redondo. Salimos con media hora de retraso. Era tanta la gente y particularmente soldados que iban unos licenciados y otros con licencia, para pasar el verano en sus pueblos, que era aquello una algarabía espantosa; exclamaciones y gritos se oían por todas partes; fueron tales los empellones, que no se podía transitar. El tren se componía de veinticinco o treinta vagones de todas clases; aun en la primera se dificultaba tomar sitio. Al fin nos acomodamos en un departamento de ocho personas, porque en esta línea no hay cupés.

Encontramos ya instalados un matrimonio; yo tenía esperanza que se quedaran en la estación próxima, pero no fue así, sino por el contrario, nos dijeron que viajarían hasta el día siguiente. Cuando el tren se detenía, la señora obligaba a su marido a que fuera a traer agua, lo que a él le era imposible, porque los soldados la consumían en seguida. Ella se violentaba porque decía tener una sed abrasadora, y más tarde, la acometió también el hambre, según opinión de su marido, y ella sostenía necesidad.


2 de julio
Amaneció a las cuatro de la mañana, entonces nos dirigieron la palabra, dándonos los buenos días y emprendimos conversación. Nos refirieron que iban a Valladolid, con objeto de ver a un hijo, casado residente en esa ciudad, y recibir a otro, que venia de La Habana, a donde hacía tiempo estaba radicado como ingeniero. Acababa de casarse con una señorita habanera, a quien ellos no conocían, sino por noticias que el hijo les había dado de ella, y eran que sabía coser, y no tenía coche, cosa extraña y que cuando se encuentra, recomienda mucho a las hijas de Cuba, que en lo general son indolentes, sin duda a causa del excesivo calor.


Antes de que se detuviese el tren, comenzaron a arreglar sus pequeños bultos y anudaron la conversación en términos graciosos, salpicándola con palabras usadas entre los españoles, pero mal sonantes entre nosotros: "Anda hombre, avíate presto", le decía, ayudándole a ponerse el abrigo. Con gran calma metió el Señor el brazo en una manga, continuando el cuento, que había comenzado: "despacha, santo varón, es necesario cortarte las palabras con cuchillo. ¿No ves que vamos a llegar? ¡Cá, contestó él, espera."


Al fin de postre, le colocó al cuello una correa, en que pendía un saco de viaje, y le exigió que lo dejase caer sobre el vientre para disimular su volumen. Apenas podíamos contener la risa. Al fin llegó el término de su viaje; se despidieron muy amablemente; pero no nos dieron sus nombres. Supimos que él se llamaba Perico, porque así ella le nombraba. Sentimos su compañía, que fue muy divertida.


A las siete y media llegamos a Valladolid, nos desayunamos, mudando el tren en Venta de Baños y después en Alar, donde almorzamos, llegando entre una y dos a la estación de Camesa, en el pueblo de Aguilar, en Castilla la Vieja, provincia de Palencia, partido de Cervera. Allí nos esperaban el señor Barrio, pariente político de Antonio, con su hija Antonia; un carro o carreta, con toldo y colchón, tirado por Cástor y Polux, bueyes gemelos, y otro para los equipajes. Había también varios caballos de montar; tomé uno que estaba arreglado para señora. Todo lo encontraba extraño, pues las sillas que aquí se usan, no son como las nuestras, sino con respaldo y brazos, los pies se acomodan en una plancha de madera, que sirve de estribo: de suerte que se dificulta conducir a caballo.

Así comenzamos la caminata. De Camesa a Redondo hay cinco, o seis leguas, que no era posible hacer en el mismo día. Al llegar al pueblo de Aguilar, a media legua de Camesa, me sentí mal, y dispusimos pasar allí la noche. Este sitio que antes fue ciudad, está, se puede decir, en ruinas. Las casas de aspecto miserable, pues aunque son de piedra no están revocadas, sino llenas de grietas las paredes. La plaza con el piso de tierra y miles de agujeros, unos secos y otros con agua, que forman un lodazal: a un lado, hay un portal, cuyo techo se puede tocar con la mano. La antes Colegiata, de estilo gótico, está convertida en un sucio templo, amenazando ruinas. La alameda la forma una pequeña hilera de mezquinos árboles, donde los días festivos juegan los mozos a los bolos y bailan con las mozas del pueblo. Nos recogimos a las diez de la noche, en unas malísimas camas, para continuar al día siguiente nuestra peregrinación.


3 de Julio
Hoy es domingo, oímos misa y volvimos a la fonda a desayunarnos, después de estar en pie desde las cuatro de la mañana. Hacia varias noches que no había dormido y amanecí con una fuerte jaqueca: llovía mucho cuando fuimos a la iglesia y tuvimos que esperar, se mejorase el tiempo y secar un poco nuestros vestidos. A las ocho el cielo se aclaró y parecía que el sol se dejaría ver pronto. Entonces se dispuso la marcha en el orden siguiente. Antonia Barrio y yo, en la carreta; los señores, Carmen, y los otros acompañantes, a caballo. Como el paso de los bueyes era lento, fue preciso almorzar en el campo, con las viandas y frutas que llevábamos preparadas y que apenas toqué. Aunque no hay más que cuatro leguas escasas, de Aguilar a Verdeña, pueblo donde habita la familia Barrio, debíamos caminar todo el día. Pasamos por los pueblos de San Mamés, Salinas, Muda, Bergaño, San Felices y otros. Estos pueblos, rodeados de montañas, están formados de un puñado de Casas, sin orden, ni aliño; rústicas, como sus habitantes. Por algunos de estos sitios salían los curas a saludarnos, dándonos la bienvenida.

Al fin llegamos a Verdeña a las cinco de la tarde. A corta distancia de la casa estaba la familia Barrio, que vino a pie, a recibirnos; todos abandonaron sus cabalgaduras, yo quise bajar de la carreta, mas corría un aire frío, que me lo impidió. Los mozos del pueblo, con sus pitos y tamboriles, habían salido a nuestro encuentro; pero nosotros, buscando el mejor camino o, mejor dicho, el menos malo, tomamos uno diferente al de ellos, lo que les causó gran desagrado. Pasamos la noche en esta casa, donde tan amablemente nos habían recibido, y reposé de las fatigas del día.


Julio 4.
Dormí poco; tenía el cuerpo hecho pedazos con el movimiento de la carreta, aumentado por los intransitables caminos, llenos de piedra y desigualdades del terreno: aun los caballos tenían dificultad de andar.Almorzamos a las dos de la tarde, continuamos en el mismo orden el camino para Redondo, fin de nuestro viaje por algunas semanas.
Cipriano, el conductor de la carreta, hombre de mediana edad, aunque no muy entendido en letras, se puede asegurar que está siempre dispuesto a servir a los demás. Me decía: "Señora, quisiera llevar a su merced en las palmas de mis manos, para evitarla tantas molestias, pero no es mi culpa, ni la de estos pobres animales, sino la del terreno; sólo se puede recorrer al vuelo". Lo decía con tan buena voluntad que tenía yo que agradecerlo.

A poca distancia de Redondo, está Tremaya, donde se ve una montaña, en cuya cima de escarpadas rocas, hubo en un tiempo un castillo perteneciente al Conde Bustos, Señor de todos estos pueblos, que llaman Condado de Pernia: habitaba dicho Conde el Castillo con su familia; la Condesa, joven y hermosa, le inspiró celos, creyéndola enamorada de un apuesto paje y la obligó para probar su inocencia, que descendiera desde lo más alto de la montaña y por lo más escarpado de las rocas, montada en una muía ciega y coja, expuesta a perder la vida, a cada paso del animal. Mas milagrosamente llegó ilesa al pueblo de San Salvador, donde vivía una muda, quien al vería, cantó su inocencia. Desde entonces llaman al pueblo "San Salvador de Canta Muda".

Cerca de Tremaya, me bajé del carretón y a pie llegué a San Juan de Redondo donde habían vivido los abuelos y tíos de Antonio y su padre, siendo niño. Llegué a la casa que me pareció triste, ya comenzaba a obscurecer y no se distinguían bien los objetos. Calculé que Antonio se impresionaría, al ver por primera vez estos sitios que no conocía y de los que había oído hablar a su familia, la que casi toda ha desaparecido. Le dejé solo unos momentos, en entera libertad de entregarse a su pena, más comprendiendo que yo también me afligía, se sobrepuso y nos reunimos en el comedor, donde nos esperaban, después de habernos preparado.

 

Al día siguiente vi mejor la casa y me pareció más alegre55. Sus pequeñas ventanas, el no ver en el interior de ellas ni cielo, ni sol, como en nuestras casas de México es debido a las fuertes nevadas del invierno, en las que las nieves se introducen en las piezas hasta por las cerraduras de las llaves y en la parte exterior, levanta contra las paredes un muro de vara y media a dos varas, las puertas, quedan obstruidas, el campo con una capa blanca y las montañas con nieve, que generalmente se conserva de un año a otro.Entonces no salen de las habitaciones, ni hombres ni animales, por cuya razón tienen que hacer toda especie de provisiones en el verano.

Comienzan a segar en Junio la hierba de los prados, que sola nace y crece y es la que sirve para alimentación de las bestias, guardándolas en las cuadras. Sigue la siega del centeno y trigo, batiendo el primero y batiendo y trillando el segundo. Las mujeres en todo esto trabajan más que los hombres: su faena comienza, desde arar la tierra, sembrarla, levantar la cosecha y cargar con ella, unos grandes carros, conduciéndolos a sus habitaciones, a donde por una pequeña ventana, introducen la hierba con un horcón, después de haberla dejado secar. Lo mismo hacen con el grano, que encierran en sacos de jerga. Para un hombre que trabaja, se ven seis mujeres, sin que por esto abandonen los quehaceres domésticos, ni sus deberes de madres y esposas. Después que han llegado del campo, recogido las vacas y becerros y recibido los corderos y cabras, que el pastor ha conducido en la mañana a la dehesa (hay un pastor en cada pueblo, que se encarga de vigilar con sus perros el rebaño, a quien por cada cabeza, pagan un cuarto, de cuatro en cuatro meses). Estos animales, esperan al pastor, sin que nadie los cuide, en la puerta de la casa a la hora que debe llegar en la madrugada y entran de la misma manera al obscurecer. Cuando este trabajo está concluido, el ama de casa, hace la cena y arregla sus hijos para dormir, rezando con ellas, las oraciones de la noche.

En el invierno que no van al campo, cosen, hilan y algunas tejen la tela de que hacen sus vestidos, parecida a la del sayal de los hábitos de las religiosas y aun más gruesa.

Su traje se compone de una falda corta, que los días de trabajo es de color obscuro y los festivos verde o roja: un corpiño sujeto con tirantes, dejando ver las mangas largas y anchas de la camisa y parte del cuello, delantal de colores, una mascada en la cabeza formando un lazo atrás; medias blancas o azules y zapato bajo. Para trabajar, o cuando llueve o nieva, tanto mujeres como hombres, usan sobre el calzado, una especie chalupas de madera con tres pies, de cinco centímetros de altura, uno delante y dos detrás, que llaman albarcas; para habituarse a andar con ellas se dan algunas caídas.

El traje de los hombres es poco gracioso; pantalón, chaqueta y chaleco, de paño burdo, color de café. La chaqueta la llevan suspendida como de una percha, sobre el hombro izquierdo, sombrero de felpa negro, bastante ordinario, y los mozos, boina azul, blanca o roja, con una estrella de metal en el centro.

Las mujeres para ir a misa, se cubren la cabeza con una especie de manteleta de merino negro, adornada con cinta de terciopelo de igual color; redonda atrás y derecha en la parte que cae sobre la frente.Los hombres se cubren con capa española muy burda, aunque haga mucho calor.

Las casas de la nobleza se distinguen por los escudos que adornan las puertas de entrada, muy maltratados, porque sus señores los han abandonado, emigrando, o a las mejores ciudades de España o del extranjero.  En el "Barrio de Arriba" vive un señor Mayorazgo, cuya casa luce sus escudos; pero la familia vive como las otras del pueblo y trabaja como ellas, por haber perdido toda su fortuna.


El pueblo de Redondo es mejor que los que son anexos, como Tremaya, los Llazos, San Salvador de Canta Muda, Comasobres56, Piedras Luengas, Barrio de Arriba57, Lares58, Arenas59, Casavegas, el Campo y Alabanza. Estos doce pueblos son los que forman el antiguo condado de Pernía.

A nuestra llegada, los curas de todos estos lugares vinieron a presentarnos sus respetos. Aquí hay la costumbre, que las visitas se inviten ellas mismas a almorzar, comer y dormir; algunas veces alargan su permanencia, por varios días.Al principio nos visitaban de cumplimiento, pero cuando comenzaron a adquirir confianza, se tomaban el tiempo que bien les parecía. Como no hay en qué ocuparse en estos lugares, sólo se piensa en hablar, docta o insulsamente y comer. El método que se observa es el siguiente: desayunarse a las siete de la mañana, con chocolate o una marmita de sopa de pan; a las once toman una copa de vino; a las doce comida fuerte; por la tarde merienda y por la noche cena. En los intermedios se toman refrescos y bizcochos.


En cada uno de estos pueblos, el día del Santo Titular hay feria que se reduce a la venta de ropa corriente, telas ordinarias, zapatos, sombreros, frutas y confites, que es lo único que esta pobre gente puede comprar. Entonces en las casas de las personas acomodadas, que son muy pocas, reciben a sus amistades, y en la del Cura, a los otros Curas y demás amigos, incluso los barberos que, con el nombre de cirujanos, representan gran papel en estos sitios. Igual convite se repite el día del santo de las cabezas de casa.


En el día de la Señora Barrio, estuvieron engordando carneros, cerdos, terneras, pavos y gallinas, con gran anticipación. Durante diez o doce días se están disponiendo para la fiesta. Todo lo necesario lo tienen en su casa y si de algo carecen es preciso lo hagan traer de la villa de Cervera, distante cuatro leguas; la antevíspera se preparan jamones y embutidos de todas clases. Se sirven cinco o seis mesas, siendo los invitados en gran número y de todas clases. Es un día de verdadera fatiga, pues algunos comen, meriendan, cenan y se quedan a dormir.

Volviendo a los Cirujanos diré, que estoy admirada de ver, cómo esta gente infeliz, se pone en sus manos, cuando no saben más que rasurar, cortar el cabello, sangrar, poner sanguijuelas, y los que son más entendidos hacen veces de enfermeros; pero ellos quieren recetar, aunque les está prohibido; siendo su deber poner en práctica lo que el médico ordene; mas como éste vive en Cervera y no todos están en posibilidad de hacerlo venir, se conforman con el dictamen del barbero-Cirujano.


El primer domingo que pasamos aqui60, no obstante que me habían advertido las costumbres que hay acerca de las ofrendas para los difuntos, en la iglesia, me impresionó de una manera desagradable lo que vi. En el pavimento hay sepulturas sin lápidas, conocidas solamente por los deudos: colocan éstos, una pequeña tarima de madera en ellas, cubriéndolas con una tela negra, o blanca, y una cruz: allí colocan un cerillo devanado en un devanador, con dos o tres puntas, según el número de almas por quienes va a arder y que encienden durante la misa. Llevan además como ofrenda para el señor Cura, piezas de pan, vino, jamón y frutas, que colocan en el sepulcro: entonces el sacerdote, con el bonete en la mano, se acerca a rezar responsos, recibiendo por cada uno, una pequeña limosna que recoge en el bonete. Concluida esta ceremonia, apagan las velas y aquello queda puesto para el siguiente domingo, hasta que es preciso renovarlo.

 

Todas las iglesias de estos pueblos, son de bóveda, para resistir los inviernos, pero húmedas, pequeñas y feas, mal adornadas, y con imágenes de escultura, imposible de ser conocidas; hoy hubo procesión alrededor del atrio, las mozas llevaban en hombros las andas de la Virgen, de quien se llaman hijas y los mozos la del Señor con la cruz a cuestas. No pude

Los ornamentos y vasos sagrados muy pobres, excepto los de Redondo y Barrio de Arriba, que para días de festividades, regaló el señor Deán, Don Celestino de Mier. Estos son de raso blanco y magníficos bordados chinos; con gran cuidado parecía los conservaban en dichas iglesias, tanto por su mérito, como por el recuerdo de este bienhechor, que también regaló la cruz, candelabros y atriles para el altar, todo de plata.

21 de Agosto

Los domingos, a las tres de la tarde, se reúne la gente en la iglesia para rezar el rosario; hace coro el sacristán, o alguno de los tíos: llaman tíos, a todos los ancianos con algún apodo de agregado. Después de concluido el rezo, los asistentes se dirigen a la bolera, compuesta de un cuadrado de tierra con algunos fresnos: el juego de bolos no necesita aquí, plancha de madera, para que corran las bolas, ni de canaleta para volverlas; estas tienen tres agujeros, para introducir los dedos y las arrojan por el aire, con el fin de hacer caer, doce zoquetes, colocados al frente de los jugadores a distancia de seis metros.
Este juego es presidido por el cura y alcalde, formando cada uno, su partido, y el que pierde, compra vino para el que gana, siendo esto lo que se apuesta. El domingo pasado, el alcalde, en una disputa inusitada en la bolera, quiso hacer valer su autoridad, a lo que contestó su contrario: 'Amigo, aquí no es usted más que un jugador como todos, y no debe hacer uso de la autoridad, quien así la ultraja". El alcalde tuvo que callar, pues de lo contrario, se habría hecho enemigos. Mientras los hombres juegan, las mozas bailan, acompañándose de dos panderetas y un tamboril, cantando con voces gruesas y destempladas los siguientes versos:

¡Ay, madre, madre!
Búsqueme un barberillo
Para sangrarme
¡Que yo me muero
Y a mi amante le dejo
Por heredero!
Con advertencia;
Que al casarse con otra
Pierda la herencia
¡Ay, madre, madre!
Porque no quiero
Regalar a otra dama
Con mi dinero.
Que déjame arrimar
Morena a tu pañuelo,
Que déjame arrimar
Con esto me consuelo
Que tran, larán, larán,
Que tran, larán, larán
Ora el marinerito
Temprano se partió
¡Y cuán apenadito
El corazón quedó!
¡Ay, madre, madre,
Me muero de dolor

Bailan una especie de jota. Las mujeres se colocan de un lado, y los hombres cuando los hay, frente a ellas, llevando todos con los dedos, el compás de la música como si fueran castañuelas. Cuando los mozos se entusiasman, gritan repentinamente: ¡vivan los que cantan! ¡viva mi compañera y los otros contestan ¡y la mía! La manera que ellos tienen de bailar con ellas, no es de invitarías de palabra en sus asientos, sino al comenzar el baile, se acercan a la elegida y tocándola el hombro con el codo, le indican que pase en frente. Al oscurecer concluye la diversión y cada uno vuelve a su casa. Ellas esperan en la puerta, que ellos se acerquen a desearles buenas noches y los obsequian con leche fresca y azucarillos. Se despiden cantando de su repertorio, versos tan malos, o peores, que los ya escritos.


El día de Pascua, la víspera en la noche, los novios cortan una rama de árbol, la adornan con listones y flores y colocan en las puertas o ventanas de las novias, la velan toda la noche, hasta la madrugada, que ellas se levantan para recibirla.A propósito de novios, hay en estos momentos una pareja muy notable. Él, ciego y viudo; edad 70 años de oficio mendigo. Ella, viuda, de dos maridos, edad 77 años y profesión limosnera. Hace cuatro meses, murió el segundo esposo; se llama la tía Larga; vino el domingo a ver a Antonio y sabiendo yo sus amoríos, le dije los refiriera. Entonces se rió mucho y, en tono de broma, confesó que el ciego la pretendía, pero que ella, no le había correspondido, porque aunque a decir verdad era partidaria del matrimonio, no decía lo mismo, de contraerlo con un ciego. "Porque ahora prefiero descansar, pues el difunto estuvo tullido cuatro años y me dejó rendida su asistencia".


Después fue a comer con las criadas, quienes comenzaron a burlarse de ella, y contestó con gran flema: "No me casaré, pero tengo satisfacción en ser pretendida, pues hay jóvenes, que ni los ciegos les dicen: "¡lindos ojos tienes!". Un hijo de éste, daba de dote a su padre, con el fin de que buscara novia para que no viviese solo, doscientos reales, igual a diez pesos de nuestra moneda.En estos días ha contraído matrimonio un cojo, con una coja, ambos con piernas de madera; se toman del brazo para ayudarse a andar, apoyados en gruesos bastones.

La vida que llevamos en este pueblo carece de interés. Me levanto a las seis y media de la mañana y voy a tomar un baño al Pisuerga. Este río, no es aquí muy caudaloso y menos en el verano: me han puesto una enramada al pie de la pequeña cascada que forma la corriente, a corta distancia de la casa; el camino que a esta conduce, lo hago por un verde y mullido prado, esmaltado de silvestres flores, en cuyos pétalos brillan cual diamantes, las gotas de rocío, a los débiles rayos del naciente sol. Después, tras la montaña, aparece un redondo globo, unas veces sobre un cielo de purísimo azul y otras velado de ligeras y blancas nubes. Se ve la ribera cubierta de salgueros y plantas de un verde muy vivo, que se producen en los sitios húmedos. Nuestro gabinete de baño, está alfombrado de césped, tapizado de flores, sombreado por una tupida enredadera y amueblado con obscuras rocas que nos sirven de asiento.

Ottón, un hermoso perro de Terranova, nos guía a este sitio y vela a la entrada, mientras nos bañamos, sin permitir que nadie se acerque; alguna vez le ha sucedido dormirse. El agua, los primeros días la sentíamos tibia, pero ahora hay algunos que está casi helada.

Volvemos a la casa, nos desayunamos con leche, o chocolate, bizcochos y tostadas con manteca fresca (mantequilla). Hacemos la toilette, almorzamos a las doce, y empleo después el tiempo en leer, escribir y tejer. A las seis de la tarde damos un paseo, a algunos de los pueblecitos inmediatos.Comprendo que para las jóvenes que están obligadas a vivir en estos lugares, cuando son de buenas familias, instruidas y simpáticas y no feas, pasan su juventud como perlas escondidas en sus conchas, o flores de las montañas, ocultas en la espesura, sin que las admiren.

El campo en esta comarca, es hermoso; por todas partes hay valles, rodeados de colinas, cerros y montes, a cuya falda indolentemente recostados, se ven estos rústicos pueblos, con sus paredes medio arruinadas y techos de teja, sólo por los espirales de humo que arrojan las chimeneas se conoce que hay allí seres vivientes.

Mas el terreno está bien cultivado y los cuadros de distintas sembraduras, forman lindos paisajes por sus variados colores. Las ovejas pacen la hierba en los prados y las cabras saltan entre las peñas, mientras las reposadas vacas con sus pequeños jatos, recorren mesuradamente los collados.

Las labradoras, dan fin a sus tareas, mientras sus pequeños hijos, tienden hacia ellas las manos, cuando, ya cansados de jugar en el césped, quieren entregarse al sueño.La madre cariñosa, con el niño en los brazos, lo conduce a la pobre casa arrullándole con su canto.

¡Cuántas veces me he detenido a contemplar un cuadro de la naturaleza, dando gracias al Criador!¡Una tarde se me representó la gloria entre celajes de vivísimos colores!.

¡Pocas veces, el firmamento lo había visto tan hermoso! El sol ocultaba los ardientes rayos tiñendo las nubes, que en diferentes formas cruzaban el espacio; iluminaba sus fulgores, un carro de blancura deslumbrante, acompañado de varias nubecillas, a las que mi imaginación, dio la forma de ángeles. En cada una de ellas creí ver a mi hijo, que cantaba alabanzas al Señor. ¡Allí se trasladó todo mi ser, quise acercarme a él, me faltaban alas; intenté tocarlo y huyó! Después le vi al lado de la Virgen cubriéndose con su maternal manto. ¡Estaba allí tan bien! ¡Le miraba tan hermoso y feliz, que si hubiera podido volverle a la tierra, no lo habría hecho! Aquí no hay más que lágrimas. ¡Goza vida mía y pide a Dios por tus padres! Después el llanto brotó de mis tristes ojos

A las ocho de la tarde, concluyen nuestros paseos, siendo la hora del crepúsculo deliciosa. Volvemos a casa a las ocho y media, comemos. Casi siempre hay frescas truchas del Pisuerga y buenas carnes y legumbres. Jugamos un poco a las cartas o conversamos, y el siguiente día, se hace la misma vida.

Hemos estado contentos porque la familia Barrio es muy amable y el aire del campo, los baños fríos y el reposo, me han sido provechosos; pronto hará dos meses que llegamos a este sitio y el tiempo se ha pasado agradablemente.

 Hemos tenido algunos convites que nos han dado las autoridades del Condado, cuya capital es Lares61 y por los Curas de los pueblos adonde ha habido romería.

Un domingo, a las ocho de la mañana, se presentaron en nuestra casa, para invitarnos a una borregada doce personas del Ayuntamiento y algunos particulares. Cuando vi este tropel, me llamó la atención que visitaran tan temprano. Salí a recibirlos; Antonio aún no estaba listo; entre tanto se les sirvió un desayuno suculento y como final un gran puro a cada uno, el que encendieron enseguida, formando una nube densísima de humo.

Después de un rato de conversación, el alcalde tomó la palabra, diciendo que el objeto de su visita se reducía a invitarnos a comer una borregada, cosa que aquí se acostumbra mucho en el verano y a cuyo convite van muchos sin ser invitados.

Yo no fui, porque el lugar estaba lejos, era preciso ir a caballo y temí la fatiga, siendo necesario pasar allí todo el día. Antonio se vio obligado a concurrir, con los señores Barrio. Cómo son estos convites lo diré cuando vea el que mi marido tiene que dar, para corresponder a los que nos han ofrecido.

Ayer después de cinco días de encierro, a causa del mal tiempo, montamos a caballo, para dar un paseo al pueblo de los Llazos, que está inmediato, y el camino es bueno.Este pequeño pueblo, formado en una colina, presenta una vista pintoresca. La iglesia ocupa la parte más elevada y más abajo se ve entre los árboles, un grupo de casas, en número de once, cuyos techos de teja, conservan siempre un rojo tan vivo, que parece acaban de salir del horno.
La lluvia ha embellecido el campo, dándole un aspecto más risueño: el follaje de las plantas luce un verde esmeralda.
¡Qué precioso es ver rodar por sus hojas, mil y mil gotas de agua, puras como el cristal, que se mezclan con el río! Los prados están sembrados de azucenas y violetas, que aquí se dan en gran abundancia, llevando el prosaico nombre de "Quita Merienda", debido a que, cuando ellas comienzan, los labradores se retiran del campo, en donde ya han concluido sus tareas, y como éstos, tienen costumbre de merendar, por cuenta de quien los ocupa, ven con disgusto estas flores, cuyo defecto para mí, es la falta de aroma y para ellos, que el garbanzo, según dicen, ya no corre de cuenta ajena.

Volviendo a nuestro paseo, diré, que una de las vistas que admiramos es sorprendente. La forma un conjunto de colinas, cerros y montañas, estas de exuberante vegetación y en cuya falda se ven grandes y pequeños cuadros, sembrados de toda clase de cereales, de diferentes colores, y en la cima descuellan corpulentos árboles mezclados con arbustos, cuyas tupidas hojas dan fresca sombra.  De repente se descubre un pueblo, tendido en un pequeño valle, o reclinado contra una montaña, o escarpadas rocas, regado por el Pisuerga, en cuya fértil orilla, crecen los mimbres y en sus aguas saltan las regaladas truchas.
Un cielo azul por unos puntos, blanco o rojo por otros, y más allá una negra nube que anuncia una lejana tormenta y otra una cercana lluvia, cuyas gotas comienzan a caer, fue el cuadro que contemplamos ayer tarde. Recordé el campo de Orizaba y el cielo de México, aunque éstos, muy superiores.

Otro sitio aún más hermoso, hemos visitado: lleva el nombre de "Castro Pintado"; para llegar a él, se tiene que atravesar el pueblo de Redondo y el de Arriba, tomando luego, una linda cañada, donde no se descubre el horizonte, siendo una cadena no interrumpida de montañas, todas cultivadas y adonde no alcanza la mano del hombre, están enriquecidas por la naturaleza.

 

Las ruinas del antiguo convento de Franciscanos se ve al pie de dos grandes rocas, que han bautizado con el nombre de Aceiteras; de la iglesia, sólo queda una parte de torre y algún muro62A lo largo de esta linda cañada, corre un cristalino arroyo. El suave ruido de sus aguas, unido al murmullo del viento entre las hojas de las copas de las hayas y robles y el melodiosos canto de las aves que en ellos anidan, forman delicioso concierto.Después de caminar una legua por este hermosos sitio, se llega a una explanada, tapizada de fresco césped y al lado como si fuese una cortina, yace un cerro, formado de piedras de jaspe de diversos colores, cortadas tan bien y tan iguales que es un verdadero mosaico63. ¡Obra del Artífice Divino!

 

Al lado opuesto, hay una montaña cubierta de un arbusto que se llama brezo, sus finas hojas tienen el color de verde tierno y están salpicadas de unas pequeñas flores rojas, que a lo lejos forma bonita vista. El arroyo, aumenta aquí la corriente, formando blancos copos de espuma. Era la hora del crepúsculo; en el cielo se reflejaban los últimos rayos del sol en occidente. Nubes de tinte rojizo hacían contraste con otras más blancas que la nieve, todas sobre un cielo de purísimo azul; la estrella de la tarde brillaba espléndida, arrebatando las miradas; después apareció la apacible luna, medio velada por las ramas de los árboles de la montaña y con su suave luz, poco a poco, alumbró aquel rústico sitio.Volvimos a casa, saludando a todos los tíos y mozos, que encontrábamos al paso. Esta gente habla muy recio, y para saludar dicen: "Vaya usted con Dios". Si se detienen, aun cuando vean a toda la familia reunida, a cada individuo que la forma, preguntan por ella; su exclamación favorita es ¡Cá! Y lo aplican afirmativa y negativamente.
Ayer 21 y último domingo, que pasamos aquí, quiso Antonio corresponder a las Autoridades, Curas, amigos y vecinos, las invitaciones que nos habían hecho. A las once de la mañana nos dirigimos a la dehesa de Tremaya, al lugar en que la tradición dice, estuvo en un tiempo el Castillo del Conde Bustos; en el huerto, aún se conservan varios árboles frutales y avellanos en gran número. Todos iban a pie, pero yo preferí montar a caballo, con mi prima, porque el sol era ardiente y temí una jaqueca.Cuando los invitados estuvieron reunidos, se principió el almuerzo. Es costumbre que en estos días, guisen los pastores los carneros, o borregas, que es el plato principal y que da nombre a la fiesta (Borregada); y lo hacen de la manera siguiente: en el campo, ya elegido el sitio, preparan los animales que han de servirse, desde la víspera.

El día del almuerzo, muy de madrugada salen los pastores con las carnes y todo lo necesario para aderezarlas: hacen un fuego con leña que allí cortan, colocando en la hoguera tres largas varas, clavadas en tierra y unidas en la parte superior con un alambre, sujetando de él, la marmita, o cacerola de hiero, en que está la vianda. Cuando todo se halla listo, los convidados en pie, forman círculo, y cada uno con una gran cuchara en la mano y en la otra un pedazo de pan, van tomando de la cacerola la ración de carne, que llevan a la boca, para tomar otra; teniendo mayor parte el que más de prisa come. En estas borregadas, se sirve generalmente una sopa de pan remojado en caldo con sal y pimienta, chanfaina, hecha con la sangre, hígados y otras cosas interiores del animal y un guisado con pimienta, ajo y cebolla, que llaman fritada. Una jarra de vino, circulada de mano en mano, y de boca en boca, renovándola toda vez que concluye, lo que acontece con mucha frecuencia. Después del almuerzo, se juega a la barra, bolos o cartas, para pasar el tiempo y se merienda, lo mismo que por la mañana, en calidad y cantidad.

El convite que dio Antonio ayer, fue más variado, y a decir de los invitados, espléndido.
Además de lo que se ofrece de reglamento, había lechones, embutidos, aves, pescados de varias clases, ensaladas, pasteles, frutas, dulces y buenos vinos.

Las autoridades y algunos amigos, que invitamos, fuimos servidos en la mesa que presidimos, mi marido y yo; la conversación fue alegre y variada. Concluido el almuerzo instamos a los tíos y mozos a juegos de prendas. A las cuatro vinieron las mozas y se organizó el baile. El cirujano D. Domingo Pérez, con una guitarra suspendida en el cuello, tocó y cantó casi todo el día. En uno de sus brindis, volviéndose hacia nosotros nos dijo:

"Nunca he visto matrimonio más feliz, como el que tengo frente a mi nariz".

A lo que un tío contestó: "¡Cá!, eso no sirve". Cual éste y otros peores, se dijeron durante el almuerzo y merienda, en prosa y verso.
El capitán de Tremaya señor González, pronunció el siguiente que fue muy aplaudido:
"Señoras y señores: No es muy común, ver reunidos en estos sitios y en tan amable consorcio, la vara de la justicia, la cruz, la toga, la espada, las eminencias científicas, las bellezas femeniles y los sencillos al par que modestos labradores. ¿A qué es debida esta cita en el jardín de los antiguos Condes de Pernía, al pie de los muros del que fue su Castillo? En el ánimo de todos está, pero no me creo dispensado de repetirlo. Débese si, a la generosidad de un ilustre viajero, que venido del nuevo mundo despreciando los peligros de una larga navegación, ha querido dar testimonio de simpatía y aprecio, que le inspiran estos sitios, adonde algunos de sus antepasados, vieron pasar sus primeros años."¡Loor pues, al célebre viajero! Y a vosotras bellas damas, flores preciosísimas separadas del hermoso país de los Tlaxcaltecas, que tan decididas os mostrasteis , sin temer los riesgos que se os pudieran presentar, para abrazar a vuestras amigas de Europa, en estas erizadas y pintorescas montañas; yo Os saludo y os doy la bienvenida, del fondo de mi corazón y como yo, todos los presentes. Soy intérprete de la expresión más sincera de su reconocimiento y gratitud, por las deferencias y muestras de afecto con que nos habéis honrado, así como a nuestros compatriotas, deudos y amigos, en cuyas almas tenéis elevado un altar de reconocimiento; y cuando llegue el día, que presentimos cercano, de vuestra partida, en el que tendremos verdadera pena, por más que lo creamos indispensable, séanos permitido protestar nuestro entrañable afecto hacia vosotros, rogándoos, que nos hagáis la justicia de creer, que nuestros humildes sí, pero fervientes votos al cielo, sean porque el Supremo Ser, os conceda un feliz viaje, cualquiera que sea la dirección que hayáis de tomar, como lo serán también, porque vuestras amigas que aquí han sido íntimas compañeras en estas montañas, le sea concedida la resignación que han menester para veros marchar, quizá renunciando a la esperanza de volver a veros."

 Redoblaron los aplausos, mezclados con algunas lágrimas.Volvimos a casa a las nueve de la noche, yo fatigada del movimiento del día, que será imperecedero en la memoria de esta buena gente. Permanecimos unos días más en Redondo. Mi prima siempre que se hablaba del viaje, se entristecía visiblemente, asomando el llanto a sus ojos, lo que a mí me causaba gran pena también.


SALIDA DE REDONDO.

27 de Agosto de 1870

Llegó este día, fijado para la partida. De nadie nos despedimos, pero algunos que lo supieron nos fueron a ver. A las cinco de la tarde, nos pusimos en marcha. Antes de montar a caballo, me despedí de las criadas, quienes derramaban abundantes lágrimas no obstante la oferta que les hacía de volver el inmediato verano. Recorrí toda la casa, dejando en ella mi última despedida, pensando con tristeza, no la vería mas.
A las seis y media, llegamos a Verdeña, acompañados de una parte de la familia Barrio, esperándonos la restante en el pueblo, con verdaderas manifestaciones de afecto. Nuestra intención era continuar al siguiente día la caminata, pero mucho se empeñaron en que nos detuviéramos un día más y fue preciso complacerlos.


Agosto 29.

Después de una tierna despedida, a las cinco y media de la mañana montamos a caballo otra vez y nos detuvimos a almorzar a las diez, a la orilla del Pisuerga, bajo la sombra de unos rumorosos chopos. Pasamos las horas calurosas del día en un molino de agua, distante media legua de la Villa de Aguilar, a donde llegamos al anochecer, después de habernos refugiado, a causa de un fuerte aguacero, en el Convento de Premostratenses, cercano a la villa. Este edificio magnífico, aún en sus ruinas, es de arquitectura gótica, un bello claustro, está sostenido por finas columnas en cuyos arcos se ven dibujos delicados como encajes y estatuas de algunos santos. La iglesia, de igual gusto y delicadeza, se encuentra como el resto del edificio, casi en total ruina. Aun en el año 1860, la conservaba el gobierno en regular estado, pero en la actualidad sirve de albergue a los animales.
¡Causa dolor contemplar, que obra tan grandiosa, en la que se empleó tanto tiempo, dinero y trabajo, la impiedad la haya convertido en establo de bestias, sólo porque ha sido el templo del Señor!
Frente a este sitio se ve un cerro y en una roca, el sepulcro de Bernardo del Carpio, célebre guerrero, héroe de la batalla de Roncesvalles.

Ya a la entrada de la Villa se ven las ruinas del Castillo de los Condes de Aguilar, sobre una colina. De esto lo que se conserva mejor es una de las dos iglesias que había y en la cual, aún dicen misa. Esta población, cuenta 1.000 habitantes y representó algún papel en la Edad Media; hoy, apenas conserva pequeño resto, de lo que dicen fue. Sin embargo, me pareció menos triste y fea, que la primera vez que pasamos por ella, para ir a Redondo.

Aquí nos detuvimos por la noche, y al siguiente día, nos encontramos con la novedad, de que por orden gubernativa iban a exclaustrar a las religiosas de Santa Clara, únicas que allí había. Mas como la Abadesa se enfermó del disgusto, tuvieron que demorar la salida. Las pobres religiosas tenían una pequeña casa para instalarse provisionalmente, y por la Abadesa, había venido un hermano, andaluz, que pasó su juventud en hacer y deshacer varias fortunas en la América del Sur, y nos contó su historia, siendo nuestro compañero de viaje durante cinco horas, en las cuales, sólo él, tuvo la palabra. Su casamiento que hace poco efectuó, lo hizo en pocos días.

Dijo que un amigo suyo iba a casarse, y cuando todo estaba dispuesto, le invitó para que le acompañara en este acto, presentándole antes a la novia. Ésta vivía en distinta población; al llegar, hicieron una toilette esmerada, dirigiéndose a la casa de la prometida; ésta tenía una hermana menor. Después de las presentaciones, conversaron alegremente y a la salida le preguntó su amigo, qué juicio había formado de la novia, excelente, le contesté; pero me agrada más la hermanita, si no fuera tan joven, quizá le declararía mi atrevido pensamiento, temo una negativa, puesto que no me conoce lo suficiente para otorgarme sus favores. Déjate de esos escrúpulos, me contestó, y manos a la obra; yo le hablaré, y si condesciende, sin pérdida de tiempo, se celebrarán las dos bodas; así se verificó y aseguraba ser muy feliz.


Agosto 30.

A las doce salimos de Aguilar para Camesa, a donde se toma el tren de Santander. A la una nos despedimos con tristeza de las personas que nos habían acompañado y montamos en el departamento del ferrocarril; subió con nosotros el señor andaluz. Estaba ya instalada una señora de buen aspecto, quien nos dijo después, se llamaba Vicenta Martínez de Velasco, cuñada de Manolita Velasco, hija de aquel rico comerciante de Veracruz, Don Dionisio de Velasco. Nos habló mucho de México, no porque lo conociese, sino por lo que le había referido su cuñado: muy agradable nos fue la sociedad de esta simpática señora: la pobre iba a ver a su padre, casado en segundas nupcias con una descendiente de Quintana, el gran poeta español.

El señor estaba enfermo de gravedad y la llamaba, deseando hacer sus disposiciones testamentarias, lo que a ella apenaba mucho. En las Fraguas nos despedimos, ofreciéndonos nuestra mutua y sincera amistad.

Todo el camino para Santander es hermosísimo, por la exuberante vegetación, las muchas montañas que lo rodean, los cultivos de los campos, el sinnúmero de flores silvestres que tapizan el suelo y los arroyuelos que los riegan.

Por un mismo camino de hierro, transitan dos trenes, viendo los que van arriba a los que cruzan abajo, pues dan mil vueltas por estas montañas. La vía carretera es muy buena, y pasa una cadena, no interrumpida, de coches, diligencias y gente de a pie y de a caballo; el panorama es tan variado como hermoso. Hay veintidós túneles muy bien construidos y algunos miden largo terreno; se suceden en corta interrupción, por lo que, a medio día, llevan luces los vagones.

Cerca de Santander están las Caldas de Beraga [1] , sitio de aguas termales. Hay un gran número de fuentes, al borde del torrente, en su mismo origen y al pie de una pintoresca montaña. El establecimiento de Baños está cerca de la fuente, al otro lado del Beraga, al que atraviesa un puente de piedra. El hotel, así como un convento de Franciscanos65 y una hospedería, que éstos tienen para alojar a los pobres enfermos, que van a tomar las aguas, está bastante bien.

El aspecto general es muy agradable; verdes praderas, campos cultivados, montes espesos, árboles frutales, sobre todo, nogales y castaños; jardines, rebaños numerosos y bonitas villas.


notas54 Hay un error claro en esta primera frase. Debe decir: "A las ocho de la tarde tomamos el tren que parte hasta Aguilar". Los viajeros llegaron a Madrid el 30 de junio, procedentes de Badajoz. Salieron de Madrid al día siguiente, 1 de julio, por la tarde. Llegaron a Aguilar el día 2 (no el día 1); y al día siguiente, domingo día 3 (no día 2 como pone el texto original), llegaron a Verdeña. A partir del día 4 se recupera la exactitud de la cronología. Las confusiones de las primeras fechas pueden deberse a que la autora, entre el día 30 de junio y el día 1 de julio, utiliza una fecha inexistente: "Junio 31. Continuamos nuestro camino, sin que ocurriese cosa notable" (Apuntes, 64).

notas55 Se refiere al día 5 de julio. Sin embargo, los relatos que siguen a continuación no están datados con fechas. La autora no se ajusta a la secuencia del diario, sino que escribe sus narraciones  etnográficas y costumbristas, entreveradas a veces con anécdotas personales, pero sin adscribirlas a una fecha precisa. Solamente puede precisarse "el primer domingo que pasamos aquí (el 10 de julio). Otros datos temporales son imprecisos: (hoy, el domingo pasado, un domingo, ayer). El día 21 de agosto reanuda la datación y el ritmo del diario.

notas56 Camasobres.

notas57 Santa María de Redondo

notas58 Lores

notas59 Areños

notas60 10 de Julio

notas61 Quiere decir Lores. En 1874 tenía 309 habitantes. Le superaban Redondo (S. Juan y Sta. María) con 505, y le seguía S. Salvador con 245.

notas62 Las rocas que llama Aceiteras son las agujas gemelas llamadas las Peñas del Moro. Actualmente las ruinas del convento han quedado reducidas a tramos de piedras informes entre la maleza. La frase en la que se alude al convento es un inciso incrustado en el relato de la excursión a Castro Pintado.

notas63 El paraje que Isabel llama Castro Pintado se denomina hoy Ribero Pintado. Se llega siguiendo el arroyo Lombatero, que desemboca en el Pisuerga descendiendo del norte.

notas[1] Por Besaya. El error  que se repite cuando vuelve a nombrarlo.

notas65 El convento no era de franciscanos, sino de dominicos, antes de la desamortización, y desde
la restauración del convento

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